miércoles, 28 de noviembre de 2012

Las fatigas y el laurel, Pterocles Arenarius

Las fatigas y el laurel


Pterocles Arenarius





para los que quieren mover el mundo

con su corazón solitario,

los que por las calles se fatigan

caminando, claros de pensamientos;

para los que pisan sus fracasos y siguen;

para los que sufren a conciencia,

porque no serán consolados,

los que no tendrán, los que pueden escucharme;

para los que están armados, escribo.

Rubén Bonifaz Nuño





“Ay, no permitan que este muchacho se les vaya a volver poeta”, dijo la tía bienintencionada a la mamá del aludido. La mujer estaba asustadísima, hablaba como si aquel jovenzuelo, que todavía era adolescente, estuviera a punto de cometer uno de los más lamentables errores de su vida. “Los poetas siempre fracasan en la vida, aunque se vuelvan famosos, aunque ganen dinero que es lo más raro; los poetas todo lo hacen nomás por amor al arte. No vayan a dejar, por la sangre de Cristo, que se les vuelva poeta este muchachito. ¿Quién lo va a mantener?”.

Y el susodicho era Edmundo Valadés, autor del más que memorable cuento La muerte tiene permiso. Y él mismo, el maestro venerabilísimo nos refería la anécdota en el tradicional café La Habana de Bucareli. Eran los años 80 y el maestro Valadés, para entonces septuagenario pero vigoroso y bienhumorado, departía gustosamente con los que éramos sus pupilos en el taller de cuento que impartía todos los miércoles a pocas calles del Habana. Y Edmundo se les volvió, de alguna manera, poeta. De esa gente rara que trabaja (leen desenfrenados, escriben compulsivos, sueñan gran parte del día y toda la noche) por amor al arte.

Lo anterior es traído a colación porque, en efecto, el trabajo cultural —aunque no seas poeta, como no lo fue Valadés— es menospreciado, cuando no mal visto, mal pagado si no es que el que se dedica a ello tiene que trabajar en otros oficios para sufragar-subsidiar a la cultura. Y me remito a ello para vindicar a la mujer que creó el grupo Culturalcingo y la página web Tulancingo Cultural que perduran ya por siete años, organizó cuatro encuentros internacionales de escritores en su amada ciudad natal Tulancingo, para la cual hizo traer escritores de una docena de países y unos quince estados de la república; ha llevado escritores para que hablen de literatura a niños y profesores, se dice rápido, a varias veintenas de escuelas, desde primaria hasta nivel superior, en más de un tercio de los 84 municipios de su estado de Hidalgo; se ha dado tiempo y recursos para ver publicados sus libros Historia de una perdida, cuentos; La vida es otra (Poemas en Theta), poesía; Pulque para dos; Cuento caligráfico, cuento para niños. Ella es Cristina de la Concha.

Y anoto todo lo anterior porque en la realización de semejantes, voy a llamarles hazañas, Cristina no ha ganado un peso. Y más todavía, ella ha gastado el dinero que ha ganado como correctora de estilo y traductora, para sufragar la promoción de la cultura. En efecto, todo lo anterior y más trabajos de promoción de la cultura los ha hecho —sin hipérboles, sin elogios mustios, sin estímulos— por amor al arte. Concretamente por amor a la literatura.

Desde granjearse subsidios en oficinas gubernamentales, conseguir apoyos entre la gente adinerada e incluso entre quien no lo es, establecer y mantener sus contactos con múltiples artistas, poetas, narradores, organizaciones culturales, lidiar con autoridades que en algún momento fueron capaces de incluso negar unas sillas y un sonido, buscar contacto con embajadores, cónsules y autoridades de los diversos países para que apoyaran a los autores que vinieran a México, etcétera.

No existe un profesional en cualquier disciplina, digamos un médico, un ingeniero, un contador, que trabajara para ganar dinero y promover la medicina, la ingeniería o la contaduría y además entregara bienes a sus semejantes a cambio de ningún salario y que, más bien al contrario, usara su propio dinero para realizar aquellos beneficios para la gente, o han sido escasísimos. Eso es lo que ha hecho Cristina de la Concha.

Tal es el destino de trabajar por amor al arte literalmente. Recuerdo a Edmundo Valadés porque, de igual manera, de su bolsillo, junto con otros jóvenes amantes del cuento, sacaron a la luz la revista El cuento que llegara a publicar cuentos de escritores de todo el mundo durante cincuenta años. El maestro Valadés nunca vivió de El cuento y ni siquiera del cuento. Pero siempre estuvo en la línea y llegó a ser ampliamente reconocido como uno de los grandes cuentistas mexicanos y, sin duda, como el más grande lector de cuentos y tallerista de estos, labor que realizó tanto presencialmente como a través de su famosísima y muy laureada revista.

Los que amamos el arte —y aquí, en particular, la literatura— tenemos una aproximada idea de la importancia de éste. Sabemos que sin el arte, sin la belleza, sin las creaciones artísticas la civilización hubiera sido imposible. Sabemos que, aunque mediatizada, desdibujada, tergiversada, disfrazada, negada, oculta y hasta prostituida y utilizada para fines espurios comercialmente, la poesía existe. Está en todas partes, aunque nadie se percate de su presencia. Si la poesía —hablo en el sentido más amplio de la poesía— desapareciera lo sentiríamos tanto que no podríamos vivir. Los seres humanos no sabemos vivir sin la belleza. Eso, entre más cualidades, es lo que nos distingue de los animales. Si así como vivimos, sabe Dios cómo lo logramos. Sin poesía no podríamos.

El trabajo de Cristina es precisamente difundir la poesía en su más concreta y evidente expresión, sin televisión de por medio, sin grandes auditorios, sin provecho personal, sin más interés que salvar. Porque la poesía salva. “Hay personas que viven existencias miserables porque desconocen que existe la poesía”, dijo Wallace Stevens. “La poesía es la única prueba fehaciente dela existencia de la humanidad”, repite con otras palabras el ínclito guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Cristina invita a poetas, cuentistas, novelistas, pintores, escultores, bailarines, cantantes, performanceros, poetas, pues. Los hace traer a algunos desde la Patagonia —sin exageración—, les consigue, Dios sabe cómo, alojamiento, alimentación, transporte, auditorios y locales en donde hagan sus presentaciones durante tres, cuatro o cinco días. Los lleva a que hablen de la poesía, de la literatura a los niños, a los jóvenes en las escuelas. Los exhibe en las plazas públicas para deleite de la gente de la calle. Regala poesía y arte.

De alguna manera hoy se le hace un mínimo reconocimiento a Cristina de la Concha en condiciones muy similares. Luego de años de trabajo, en 2010, recibió el premio Lyghia Fagundes Telles en Brasil. Y hoy, un cable proveniente de Perú nos da la noticia de que La Casa del Poeta Peruano, en la realización de su IV Festival Internacional de Poetas Huari Ventana Cultural Andina, designa a la autora de La vida es otra como Miembro de Honor de aquella institución, le otorga la medalla de oro como promotora cultural y la invita a estar en ese festival para recibir el referido homenaje.

Un digno premio para Cristina. Un reconocimiento para la mujer que ha dedicado empeñosamente su esfuerzo y su talento para la promoción de la cultura que tan castigada se ha visto en los últimos años de crisis en nuestro país. El trabajo que ella ha llevado a cabo en favor de la cultura es invaluable, pero los muy pocos que podemos entenderla, decimos con ella —y con Rubén Bonifaz Nuño—: “(...) que vale/ más sufrir que ser vencido”. Porque estamos seguros de que eso no se paga con dinero y la satisfacción (y la diversión) obtenida nadie en este mundo puede dárnosla. Quién quisiera, quién pudiera trabajar siempre por amor..., al arte o al amor o a lo que sea, pero por amor. Salud, Cristina. Enhorabuena.

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